martes, 2 de febrero de 2021

Terror

Hay un fantasma

que va y viene

se acuna

en la cuna descuidada.

A mí me habita el terror todos los días

porque pude haber volado

pero mancharon mis alas

y le dieron de mi cuerpo a los perros.

Debería volver a escribir

a ensañarme con las palabras
romperlas
destruirlas
e inventar un nuevo idioma.
Pero es que este silencio tiene tantas voces que no reconozco ni mi propia voz.
Hoy, el fantasma parado al pie de mi cama me tira de los pies y me invita a desaparecer.
Perderme en el abismo de la mirada es lo que peor me sale.
No encuentro la paz
ni el abrazo amigo que rompe los huesos y los junta como si fuera un rompecabezas.
Debería volver a escribir
tal vez así me encuentre en este mar de ojos que miran hacia ningún lado.

Creí que hasta nuestra oscuridad era inmaculada.

Desnude el acertijo y vi tus pies mojándose en otro mar.
Esta nueva forma que habita en mí desde hace un tiempo sigue el surco de los ríos sedientos de ansiedad. La voz del niño que murió,... y el cuerpo que parió tesoros rotos,... y la lengua que maldijo en trescientos idiomas de otros mundos,... Es que todo es tan inverosímil como mis ideas.
Nací brujo, huelo el velo que cubre toda la mentira y ensayo un ritual intenso con bailes inentendibles. La verdad tiene tantas aristas como la piedra circular que se apoya sobre mi vientre, y aunque mi condición lo impide quiere parir miles de voces, rotas, quebradas. Se están desangrando.
Suelto un llanto y se estremece el bosque, no hay silencio más voraz que mi mirada estrellándose en el piso.

Y no veo nada pero veo todo. Y no siento nada pero...

Hay un pájaro muerto en el camino. El viento sopla fuertemente y mueve sus alas buscando reanimarlo. Hay una inscripción en el sendero que camino que dice "lo que muere se transforma".

El pájaro no se mueve, inmóvil sobre el piso no siente nada. Una horda de gusanos se revuelcan en su estómago, hay comida para todos. El carroñero sobrevuela la escena calculando el momento justo para llevarse la presa.
Un vuelo rasante, un momento estático, y ataca con toda su furia llevándosela.

Mis sentidos registran la escena, el carroñero no entiende de tiempos, sigue su instinto, devora y su estómago queda satisfecho.
El pájaro muerto no entiende de tiempos porque ya está muerto, ya no puede volar.
El viento no entiende el instinto ni tampoco la muerte, sólo sopla en una y otra dirección tratando de animar o apagar quién sabe qué cosa.
Yo no entiendo de pájaros ni de vientos ni de carroñeros pero me persiguen los gusanos.

Los gatos cantan mi voz. La ausencia de aire transpira imágenes de pinos. Ya no sé quién soy en este oscuro y tenebroso pasadizo. Una voz me alza, me toma del cuerpo y me revienta contra el piso. Faltan meses para el canto, para el trinar de los pájaros que abundan en este misericordioso dolor vestido de trapos. Mientras tanto mi consuelo tiene etiqueta, y un frasco de sabor añejado por los años de tanto mirar hacia otro lado. Que no escuche tu voz no significa que no vea tus ojos, y ese latir apesadumbrado queriendo tirar de la cornisa de la soledad. No soy quién era, nunca tuve raíces y como un árbol seco enmascarado por el frío de las tempestades solitarias me voy muriendo para renacer en quién sabe que melodía. Es que todo pasa tan lento que carcome por dentro y derrumba quién yo solía ser. No hay cuadros, ni recuerdos perpetuos que animen al monstruo de la muerte, ese monstruo qué tiene ojos de cordero y corazón de hielo.

Ya no hay luz negra, el oximoron se ha esfumado. Me ha dejado el camino abierto y una herida que me recuerda en el fondo mi condición de ser humano. Que sería de este tránsito eterno sin una herida que atender? El Quirón, agazapado entre los arbustos de mi conciencia, me arroja su flecha y certero da en el blanco. Oh blanca conciencia!, dónde está lo negro por limpiar? Dónde está la miseria para transmutar? Cronos me invita a la reflexión, a reacomodar las piezas y a tirar de nuevo los dados de lo que no tiene límites. El escorpión acecha tras la sombra, esa que debo integrar pero no diluirme como un pez. Júpiter me nombra y a punto de tocar mi esencia con su rayo penetrante y magnificente me mira y me pregunta si estoy listo. Sin temor alguno lo miro de frente y le pregunto con voz firme: Por qué dudas en dar el golpe? Adelante, ya conozco mi destino, nunca estuve tan seguro como ahora.

 Se hace necesario desterrar el automatismo que surge de mi voz, no escuchada. Abro mis oídos y descubro una voraz verdad envuelta en paradigmas viejos creados por la falsa existencialidad de yo. Dónde estoy parado si no es encima de una nube imaginaria formada a través de los años? Me pregunto: dónde quiero estar cuando sea yo mismo? Es menester traducir lo simbólico, perpetuar lo imaginario, cargarlo de emociones y vivenciar la realidad que ineludiblemente se manifiesta.

El combate es hacia adentro.
Días inertes, horas sin sentido buscando un sentido. Develar lo oculto, escucharse, ordenar, dirigirse, no negociar lo innegociable, manifestar.
Invento un nuevo patrón, me despojo de sentimientos absurdos que han creado una repetición extrema, destruir esos moldes impuestos por mi cultura personal se hace necesario en este trayecto.
Morir y resucitar en tantos días, sin abluciones ni rituales conjurados con formas alteradas, con sombras de caverna.
Entra el sol y el combate es hacia adentro, siempre es hacia adentro.

Y mientras termino de cocinar unos fideos vuelvo a la superficialidad del Yo. La próxima vez que me saque de este de este estado lo cago bien a patadas.
Cuando quiero ahuyentar los fantasmas, esos que me imponen su voz en tiempos de silencio, nace un espectro nuevo de formas curvilíneas que se bifurcan y multiplican como las venas de mis brazos. Me desconozco en ciertas ocasiones, caigo y me levanto sin que nadie lo note, creo que por la inercia misma que me lleva a pretender una realidad ya devastada, calcinada y muerta de hambre.
Cuando, de vez en cuando, escucho el canto de mi animal interior yo mismo le tapo la boca y lo dejo sin comer, esperando que muera y de un espasmo resucite quién sabe en qué vida y de qué manera.
Que bueno es saber que todo ha muerto, que no hay lápida ni epitafio. Que bueno es saber, de vez en cuando, reconocerme entre esas hendijas que dejan pasar la luz aunque termine ciego en el intento caminando lento y agarrándome de las paredes de cada una de mis decisiones.

Creo que no hay peor ciego que el que no quiere ver.